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martes, 27 de julio de 2010

¿Epílogo?

Señoras y señores, terminé a tiempo *___*
Ahora me falta hacer el cuaderno xD

Se despertó estirándose con una extraña sensación y giró sobre si misma para ver el despertador y la fecha. Era el primer día de su primer curso en bachillerato. Se apartó el pelo rizado de la cara y suspiró. Que pena que todo hubiera sido un sueño. Se estiró una vez más y dejó la cama desecha aquella mañana para vestirse, desayunar y salir corriendo con dirección a su nuevo instituto.

La barbilla apoyada sobre su mano y la música vibrandola en los oídos. Aquél día el cielo estaba nublado y el frío se pegaba a los cristales.

Vane cogió su iPod cambiando una canción melancólica por una con más movimiento.

Una carita triste le devolvió la mirada desde el cristal.

Miró a su alrededor, pero solo una niña de ocho años y su madre estaban sentada con ella en aquél vehículo. Pestañeó y con su dedo índice cambio la posición de la curva. Por lo menos, la próxima persona que se sentara en aquél sitio se llevaría una sonrisa gratis de su dibujo.

La niña y su madre se abajaron antes que ella. El conductor ni siquiera le dedicó un adiós. Ella, tampoco lo hizo.

Bajó los escalones del autobús y se dio cuenta de que había llegado pronto.

-Bueno, algo es algo.

Dos pasos y un traspiés. Una mano que la ayudó a enderezarse, sujetándola por el brazo. Vanessa iba a gruñirle algo cuando se dio cuenta. ¿Él?

-Perdona, estabas a punto de tropezar.- se disculpó al ver su expresión.

-Ya, ya, gracias.

-Tú también eres nueva, ¿no?

-¿No me ves?

Sonrió, y con eso, se ganó no ser tachada de borde por primera vez.

-Aitor.

-Vanessa.

-Un placer.

Ella cabeceó y se colocó mejor la mochila al hombro para ir con Laura y Clara que ya estaban en la puerta esperándola.

-Por cierto, bonito colgante.

Vane se paró y se llevó las manos al cuello. Las notas, la guitarra...Se giró hacía él pero ya se daba la vuelta para entrar en el instituto colocándose el gorro. Vanessa volvió a sonreír. Ya lo decía ella. No podía haberle pasado desapercibido...

Cuarta Parte

La campana sonó como nunca en su vida. Después de todo un verano, con esas cosas, perdías la costumbre. Al igual que apartarte a tiempo cuando toda la gente comenzaba a salir a toda prisa fuera de clase.

Ven intenta imitarles, pero una mochila, que no es la suya, hace que se tropiece mientras ve como la gorra negra desaparece por la puerta. Tiene que hacerle bastantes preguntas a...ese chico, el cuál no recuerda del año pasado. ¿Tan desapercibido a pasado? Salta la mochila de Laura y llega hasta la puerta, empujando sin querer a un par de compañeros que la miran con el ceño fruncido como si se hubiera vuelto loca. Puede que sea eso.

Como había llegado, baja los escalones del instituto corriendo casi de dos en dos, hasta la entrada, donde un montón de padres han llegado para recoger a sus hijos del comedor. Pero ni rastro de gorros de lana. Y están a comienzos de septiembre con un calor sofocante. Seguro que destacaba...aunque si era como el año anterior.

Abre las puertas blancas y sale a la calle, donde el ruido de los coches, los pitidos, la gente que sale del trabajo y entra, le recibe de un golpe. Como si hubiera abierto la puerta de una habitación que ha pasado mucho tiempo vacía y cerrada.

Mira a todos lados en su búsqueda, pero parece haber desaparecido como por arte de magia, y resopla, enfadada, apretando en su mano los dos papeles que él la había dado. Es ahora o nunca, no sabe si mañana podrá encontrar el valor suficiente para hablar con él y pedirle explicaciones. Lo más seguro es que no, y más con la mirada de sus amigas clavada en ella, porque, después de salir de aquella forma de clase, tendría que contárselo. Seguro.

Vane se gira y retrocede para esperar a sus compañeras y que salgan de clase. Escucha una risa cerca.

Se detiene.

Allí está, de brazos cruzados, recostado contra la pared y con una sonrisa divertida en sus labios, mostrando una dentadura perfecta que ya desearía Brad Pitt tener. Eso le hace detenerse, y mirarle fijamente unos instantes.

Es imposible que haya pasado desapercibido durante el curso anterior. No podía estar tan absorta, porque, Aitor, sin ninguna duda era un chico...guapo. Si, definitivamente. ¿O sería solo así cuando sonreía?¿Como si se iluminara todo a su alrededor?

Vane carraspea y se acerca, intentando parecer desafiante, lo cuál, no es muy difícil. Siempre camina con esa expresión de mal humor en la cara, como si fuera ella contra el mundo. A Aitor se le paraliza la sonrisa en los labios y nervioso se coloca mejor el gorro, hundiendo más en él su cabeza, hasta que le llega casi a las cejas.

Su pelo claro se pegó a su frente y desapareció más aún bajo la tela.

-¿A qué esperas?

Aitor la miró ojiplático como si no la entendiera. Y es que, no lo hacía.

-Explicaciones.

-No tengo explicaciones.

Vane se quedó callada. No es que Aitor la dejara rebatir mucho lo que decía. Por suerte, el continuó hablando.

-No tengo ninguna explicación. Te vi en youtube, y me vi todos tus videos.- Aitor se río de nuevo ante la mirada desorbitada de Vanessa.- Si, los videos con una de tus amigas también. No eran lo que me esperaba.

-Ya...

-Intentalo por lo menos. No tienes nada que perder.

-Te equivocas.

-No lo hago. Quizás no tengas un talento estelar, no llegues a ser una de esas famosas que salen todo el día en televisión y cantan el himno de Estados Unidos en los partidos importantes. Pero vale con que puedas cantar y que un grupo pequeño, o grande, lo aprecie. Es como...un músico ambulante. Siempre les verás sonreír cuando te acerques a escucharle. La gente no se acerca porque haya pagado mucho dinero, se acercan por que les gusta y les llena. Eso es bonito.

Vane sonrió mirándose con atención las puntas de sus zapatillas.

-Te buscan.

Aitor movió la cabeza señalando a Laura, Clara y todas las demás que la miraban entre sorprendidas y enfadadas. Aitor sonrió y se acercó a ella y cuando Vane pensó que el corazón se escaparía de su pecho, este alzó una mano y la extendió hasta ella.

-Nos vemos mañana.

-Claro.

Apretó su mano con fuerza, sonriendo ante esa posibilidad. Aitor escondió su cabeza más en el gorro tirando de él hacía abajo. Vane le observó mientras se alejaba por el lado contrario al de ella. En su mano, un colgante titilaba y brillaba con las luces del sol del medio día.

Se despidió de sus compañeros que la preguntaban quien era. Vane sonrió y les prometió que después se lo contaría. De vez en cuando era bueno tener un secreto que nadie sabía.

El autobús llegó cuando todos se habían marchado a sus casas para comer. Al subir, el conductor de aquella mañana le sonrió y Vanessa estaba segura de que la sonrisa que le devolvió era la mar de reluciente porque él le preguntó:

-¿Un buen día?

-Fantástico.

lunes, 26 de julio de 2010

Tercera Parte



Dos McFlurrys y una de patatas después, tenían que volver al instituto. Se escucharon resoplidos y quejas cuando Marta, incansable de dar clases, y Bea, les visaron a todos, de que o salían en ese momento, o les pondrían la primera falta del curso.

A pesar de las palabrotas, se levantaron de la piedra y caminaron con dirección Las Clases.

Vane niega con la cabeza y vuelve a su clase mientras Clara y Laura se dirigen corriendo al baño para arreglarse el pelo y contarse las últimas noticias sobre tal y tal. Andrea las hace compañía al rato para no tener que estar esperando más tiempo de la cuenta al profesor.

Sube las escaleras sola, con los cascos del iPod ocultos bajo la ropa y un volumen bajo, comparado con el volumen que suele llevar en él. No hay mucha gente que haya llegado antes que ella, asique, se recuesta sobre el asiento, apoyándose sobre las dos patas traseras tarareando la canción que a comenzado a sonar.

Golpea la mesa con el pie sin querer al desestabilizase y una hoja de papel cae al suelo balanceándose.

Se agacha con dificultad, doblándose completamente para no tener que bajar las piernas de la silla y abre el papel doblado entre sus manos. Se muerde el labio inferior y frunce el ceño, mirando a todos sus compañeros. Los que están ahora en clase y los que están entrando.


Si aquello era una broma no tenía ninguna gracia. Vane rueda los ojos y se levanta de la mesa, alejándola de si, haciendo el mayor ruido posible. Pocos se giraron a mirarla, acostumbrados a los ruidos corrientes y molientes de un colegio.

Nada más atravesar la puerta de salida se encontró de frente con las tres personas a las que buscaba, las cuales se sorprendieron más de su enfado que por verla allí.

-¿Habéis puesto esto en mi mesa?

Las tres cabezas se acercaron para leer el trozo de cuaderno y negaron con la cabeza. Y decían la verdad. Era bastante fácil descubrirlas mintiendo, ninguna era demasiado buena en engañar a la gente que tenían cerca.

Vane guardó el papel en el bolsillo y miró a su alrededor, donde niños de primaria salían corriendo con dirección al recreo, con los gritos de los profesores advirtiéndoles que no corrieran por el pasillo como hilo musical.

Si se hubiera quedado en la puerta hablando con las demás hasta que saliera el profesor de la sala de reuniones no se hubiera dado cuenta, pero ella, que siempre solía darse una vuelta por los pasillos antes de entrar, esta vez, cambio la rutina. Vio como el papel caía dentro de su mochila y por eso se acercó y tiró de la manga de su camiseta empujándole contra la pared. Pestañeó e hizo una mueca con los labios. Ni siquiera le conocía. Ni le sonaba su cara.

Pelo castaño claro bajo un gorro de lana de color gris. Ojos grandes y brillantes, de un bonito color acaramelado, rodeados por pestañas por las cuales muchas chicas matarían pero que en el caso de un chico, no les hacía ninguna falta. Le soltó y se cruzó de brazos en frente de él, echando su mochila hacía atrás para no tropezarse.

-Eres tú el que me ha puesto eso.

La acusación la dijo en voz baja, los demás, enfrascados cada uno en una conversación diferente ni siquiera se dieron cuenta. El chico parecía estar más nervioso que asustado y Vane incapaz de estarse quieta comenzó a crujirse los dedos de la mano. Él asintió y tragó saliva intentando formar una sonrisa en sus labios.

-Aitor.

Vane pestañeó muy despacio. ¿Se estaba presentando? Se mordió el labio inferior y golpeó con las uñas su brazo. No le devolvió la sonrisa.

-¿Cómo sabes que canto?

-Youtube.

Chico de respuestas breves.

Vane abrió la boca de nuevo, de su garganta iba a salir alguna palabrota, eso, seguro. No podían faltar en su vocabulario. Pero la puerta del aula se abrió y el profesor que habían estado esperando, el cuál, podía a ver tardado un poco más apareció con su maletín y una sonrisa ancha bajo su bigote gris. Aitor se escabulló pegado a la pared en un segundo y Vanessa tuvo que sentarse a regañadientes para que no la regañaran ya el primer día.

Abrió la mochila para sacar los libros y la nota de antes cayó en el suelo a su lado. La cogió y la leyó por debajo de la tapa del libro de matemáticas. Frunció los labios en una linea muy fina.


Al final, no se enteró demasiado bien de la clase. Tenía una grave distracción en la nuca cubierta por el gorro de Aitor.

sábado, 24 de julio de 2010

Segunda parte

Las dos primeras clases no estuvieron nada mal. Los profesores llegaban, se sentaban, preguntaban sobre le verano, el calor, los cumpleaños, los viajes, las nuevas ilusiones y los exámenes de septiembre. Aunque nadie entendía porqué preguntaba aquello. Quien había pasado, allí estaba, en esa misma clase mirándoles a ellos. Y los que no, se habían separado, y seguramente, ya no volverían a verse. Lo que tenía una amistad de colegio...

Pero la tercera clase fue la peor de todas, especialmente inaguantable. La profesora no dejó de hablar en toda la hora, paseándose por el frente de la clase y golpeando con los dedos las pastas duras de su libro de texto. Laura se recostaba sobre su brazo y hacía dibujos en la primera hoja en blanco de su cuaderno. Clara, en dos asientos más alejada, bostezaba y miraba por la ventana para entretenerse. Andrea, sin disimulo alguno, hablaba con la chica que tenía detrás. Y Cristina se arreglaba el pelo mirándose en el espejo de su estuche. Ella apoya la barbilla sobre la palma de la mano y mira a la profesora con una sonrisa divertida.

Eso momento le recuerda a algo. Cuando todos estaban tirados encima de la mesa sin disimular interés. Un montón de cabezas agachadas que ignoraban al profesor que no dejaba de hablar y que solo se levantaban cuando este se comenzaba a dar cuenta de la falta de interés.

Un golpe en la mesa corta el rumbo de sus pensamientos de golpe y se envara de un bote sobre la silla. Todo los demás la imitan, algunos más asustados que otros. Unos se frotan los ojos como si se hubieran levantado de una siesta y otros hacen una mueca ante los ojos de la profesora que parece tener un especial interés en que todos atiendan desde el principio y dejen de hacer el tonto. Que es el último curso, y todo eso va en serio.

Vuelve a la lectura de su libro de texto mientras Vane sonríe y vuelve a apoyarse de la misma forma sobre la palma de su mano, dando toquecitos con el lápiz sobre la mesa a la vez que el segundero va moviéndose a través del reloj.

Cuando suena la alarma, la profesora se queda con la boca abierta, sorprendida de que el recreo llegue tan rápido. Para muchos de los alumnos, el recreo a llegado demasiado despacio después de tener que soportar aquella clase.

Dentro de un murmullo que va creciendo poco a poco hasta convertirse en un griterío general todos cogen sus bocatas y su merienda. Otro, en cambio, sacan su monedero y se lo meten en el bolsillo saliendo a toda prisa hacía el McDonallds que está a pocos pasos de su instituto. Una cara conocida se asoma por el hueco de la puerta llamándolas, haciendo aspavientos con las manos. Sergio quiere ir, como todos los días, a por su McFlurry matutino y si puede, a por su CBO. Laura, Vane, Andrea y Cristina ya están a su lado para salir al restaurante de comida rápida antes de que a Sergio le de un ataque o se enfade. No quiere que le quiten su sitio. Más bien el sitio de todas. Un cuadrado de piedra en medio del patio, donde todos los días se sientan y lo convierten en su centro de operaciones para quejarse de los nuevos compañeros, profesores y el instituto en general. Están echos unos malditos cotillas. Además, tienen que hablar del verano.

Al rato, un par de pasos y ya están allí en su McDonalls que aunque se quejen de ir siempre al mismo lado, ninguno da a elegir un sitio nuevo. Porque a pesar de tener a los trabajadores más infelices y bordes, a pesar de que es un restaurante con comida no demasiado segura, y que nunca hacen nada, ni compran nada, es su sitio y su restaurante. Y no es plan de cambiarlo ahora.



viernes, 23 de julio de 2010

Primera parte


Historia barra regalo.
¿Por qué la pongo aquí a parte de por qué me da la gana, xD? Porque como va a ir en un cuadernito pequeño super cuco, con adornos y fotos (reir y morir e__e) quiero ver como queda cada hoja...o cada dos hojas...por ahora me está ocupando bastante poco. Y por favor, cruzar los dedos, que me acabo de enterar de que lo tengo que tener listo para el próximo miercoles T^T
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Vane no era la típica chica, pero si tenía una típica vida.

Y eso, ella, soñadora de una vida llena de adrenalina, lo odiaba.

No era divertido levantarse cada día a las siete de la mañana, coger un autobús y esperar media hora sentada allí, en un incomodo asiento de plástico, con el movimiento del motor debajo de ella y la música puesta a todo volumen. Bueno, eso si era algo bueno. La música, las notas, el ritmo ondulante llegando hasta sus oídos. La espera. La espera de que ese mundo la habrá las puertas.

Resopla, apoyada contra el cristal y se aleja. Ve el vidrio empañado y con uno de sus dedos, dibuja sobre el vaho, dos círculos y una línea curvada hacía abajo. Un rostro simple y triste que define en ese momento como se sentía.

Se levanta de su asiento y baja los escalones del autobús. El conductor le dedica una sonrisa que ella devuelve sin ganas, por ser cortés.

Allí volvía de nuevo, después de unas largas vacaciones, volvía al mismo edificio del cuál de había despedido el Junio pasado. Si hubiese estado en una película americana aquello hubiera sido un día grandioso. El nuevo día de curso. Para atreverse a destacar, para hacerse popular, encontrar al chico guapo, de boca tierna y ojos atrevidos que dejará a todas las chicas locas a sus pies por ella.

Que pena que aquello no fuera una película.

Terminar. Eso era lo que quería. Terminar esos dos cursos y empezar un nuevo camino, estudiando, si, pero lo que le gusta. Y ante eso, no quiere esperar.

Entra corriendo y sube las escaleras de la misma forma, golpeándose el final de la espalda con los pocos libros que ha llevado hoy, solo, para rellenar la mochila. Vuelve a llegar tarde, y eso que se prometió no empezar el curso con mal pie. Allí es donde acaban todas sus promesas, prometidas por mero aburrimiento ante las rutinas. Destruidas, olvidadas, flotando en los recuerdos de algo que no ha podido pasar. Porque es inevitable que llegue tarde. Es algo que está dentro de ella. Jamás a llegado pronto o puntual a cualquier sitio. Y eso es lo que destaca. Sonríe cuando la llaman impuntual, a pesar de que es un defecto, es SU defecto. ¿Y a qué todos la reconocen por ello?

Con los pulmones llenándose de aire a marchas forzadas, se frena en el pasillo lleno de gente, esperando a que uno de sus antiguos profesores, de pelo cano y ya desaparecido, y una barba de más de tres días les abra la puerta.

Un par de manos se alzan.

Ella se acerca, con la mano en la cadera, apretando con fuerza donde se encuentran supuestamente los pulmones y hace una mueca, cuando el aire al entrar, le produce un pinchazo. ¿A quién se le ocurrió la idea de poner tantas escaleras?

Después, un montón de abrazos, manos y sonrisas, carcajadas y lloriqueos, que se juntan y se unen, formando una bienvenida. O un intento claro de ella. Vane sonríe a todos los que están allí. Algunos los conoce desde hace mucho. Trece años casi. A otros de menos tiempo, pero eso da igual. Esas personas ya están en su mente, y en su corazón, en su interior y aunque les conozca de un misero año puede llegar a decir que les quiere. Y se enorgullece de ser saludada por todos y cada uno de ellos.

Por fin la puerta se abre con un chasquido y un suspiro del profesor, que está aliviado por no tener que llamar al director y explicarle lo que ha ocurrido. Los chicos ni siquiera se han dado cuenta de que su profesor no era capaz de abrir la puerta. Estaban demasiado ocupados poniéndose nerviosos por volverse a reencontrar después de tanto tiempo.

Vane le observa alejarse, llave y maletín en mano, hasta la sala contigua, después de amenazar a algunos de delante que si no estén sentados en cuanto él llegue serán castigados con los primeros avisos del curso. Por supuesto ninguno de ellos le hace caso mientras se pelean por sentarse al lado de su mejor amigo, su compañero de bromas, su vecino, o su novio.

Unos pasos adelante ve como una cabeza se alza por encima de todas las demás buscando algo o a alguien. Lo que no es muy difícil teniendo en cuenta que Laura, saca por lo menos media cabeza a casi todas las chicas que están en aquella clase. Excepto a Andrea. A ella, es imposible superarla.

Tímidamente señala la silla contigua y Vane sonríe acercándose, con su mochila colgada de un solo hombro botándola en la espalda. Laura orgullosa se arregla el pelo negro con un movimiento nervioso.

Es un buen sitio. No se han alejado demasiado del profesor, escucharan bien. Tampoco están muy cerca, y podrán de vez en cuando hablar en voz baja para evitar el aburrimiento. Podrán contarse cotilleos de última hora. Noticias. Chistes para reírse en medio de una explicación y no tener que dormirse. Miradas y tonterías cómplices. Un perfecto sitio.

Vane se apoya sobre la palma de su mano y recuerda brevemente lo que era su sitio. El que era el sitio de todos. Porque a pesar de haber pasado allí un año antes nunca han podido olvidar de dónde vienen. Las paredes que les han protegido y a la vez les han echo tanto daño. Los comentarios, los líos, las peleas. Ahoga una carcajada y mira como se acerca su nuevo tutor ya sentada mientras que a sus espaldas todos vuelven a su sitio corriendo, haciendo ruido y bromeando aún. Todos exclaman un “Hola, profesor Eduardo” educado. Una carcajada se escucha desde lejos al oír la cantinela con la cuál han saludado a su profesor. Este arruga el ceño pero sonríe. Es el primer día de curso. Y el último curso para muchos.