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martes, 17 de agosto de 2010

Pero, ¿por qué esa fascinación por los golfos?

"-¡Eh! ¡Estás alterando la paz!-se quejó, golpeandole con fuerza en el brazo.
- ¿Por qué me maltratas así, nena?
- Llevas sonriendo a las chicas toda la mañana, ya tendrás alguna dirección en el bolsillo, ¿no?
- ¿Dirección...? -tira las direcciones que tenia en el bolsillo - No.
- Traes problemas.-refunfuñó.
- Lo sé. ¿Y tú?"


viernes, 13 de agosto de 2010

Brooklyn tiene muchas cosas en la cabeza





Una se llama Chelsea, la otra prefiere que la llamen Gina.

Chelsea viste camisetas oscuras y rotas por todos lados, le encantan los pantalones vaqueros rasgados o los cortos con los bolsillos hacía afuera.
Gina tiene un amor demasiado profundo hacía todo tipo de vestidos, largos, cortos, o de colores. Le encantan los colores, tanto que su armario está ordenado por gamas y hay colores
demasiado difíciles de catalogar.
Chelsea toca la guitarra, la batería y le gusta poner al revés los discos de vinilo a
ver si descubre mensajes satánicos.
Gina, Gina no sabe tocar ningún instrumento pero le encanta ponerse música instrumental, adora a Ludovico Einaudi y ama con todo su corazón a Jamie Cullum.
Chelsea es un palillo andante, por eso toda la ropa le queda grande. Tiene el pelo cortado a tijeretazos y se lo tiñe de todos los colores.
Gina es una chica regordeta, de una talla cuarenta, rubia con el pelo rizado y cayéndole en cascada por sus hombros.
Chelsea se hace la valiente, la que no teme nada.
Gina es la tranquila, la concienzuda, la que piensa las cosas antes de actuar.
A Chelsea le gustan las maldades.
Gina tiene espiritu de hippie.

Y Brooklyn no sabe que hacer con ellas dos, esos dos personajes que se alojaron en su subconsciente cuando las creo, describiéndolas en un simple papel. Ella no tiene la culpa de quererlas tanto. Y de que ellas la quieran a ella. Siempre intentan ayudarla, cada una de puntos diferentes. Sabe que son un parte de ella, que es ella, Brooklyn, la que toma las decisiones. Pero no puede evitar pensar en sus compañeras como dos chicas reales, palpables.

Algunos la toman por loca.
Otros por una chica con demasiada imaginación.

A Brooklyn le parece...que todos llevan razón.


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Vale, no sé si seré yo la única o es a todo el mundo, pero, ¿no habeís sentido alguna vez que no eres tú el que habla, si no otra persona? ¿Alguien que conoces solo tú? Quizás solo es a mí que me empeño en convertirme en una April Long o en una Mandy...


viernes, 6 de agosto de 2010

Children


Ella coge a uno de los niños que corretean deprisa entre sus brazos. Le tira del pelo y después se arrepiente, y el niño de cabellos rubios y ojos brillantes acaricia su mejilla con ternura.

Él la observa desde lejos, apoyado en la barandilla y con una sonrisa en su rostro.

No le gustan los niños, pero lo que no sabe es que a los niños si les gusta ella. Casi tanto como a él.

sábado, 17 de julio de 2010

No te acostumbres...



April miró la mano de Trent descansando sobre su hombro. Podía sentir su respiración en la nuca y era lo bastante irregular como para saber que no estaba dormido. Su cercanía le provocó sentimientos diversos y apretó los dientes sobre el labio inferior con peligro de hacerse sangrar. No quería separarse de él, pero tampoco debía estar con Trent. No pegaban. Era como intentar unir a un caballito de mar con un tiburón. Y en ese momento, después de la noche anterior no estaba tan seguro de si el tiburón era él o ella.

Alzó la mirada para ver el perfecto rostro de Trent Garan de perfil. Aunque las primeras veces le había gustado engañarse a si misma, obligandose a verle horrible. ¿Cómo podía haberse mentido a si misma? Suspiró y se apartó el brazo de Trent que apartó la mirada de la película de vaqueros que estaban echando en la Fox.

-¿Qué ocurre?

Sonaba tan preocupado que a April se le revolvieron las tripas. No quería que él se preocupara por ella. Quería que la tratara mal, como un trapo. Incluso si solo hubiera sido un polvo de una noche, hubiera sido mucho mejor. No tendría que soportar sentirse egoista, por tener aquellos billetes escondidos debajo de la mesilla de noche. No podía quedarse allí, en Los Ángeles. Ahora que lo sabía todo...no podía quedarse.

-¿Te puedo pedir una cosa?-preguntó, apretando los puños sobre las piernas desnudas. Apoyó los talones sobre el suelo de ceramica frio, para mantener la mente a la misma temperatura.

-Si, dime.

Escuchó como apartaba las sábanas para acercarse a ella, pero April se levantó antes de eso y de espaldas aún en la cama, se miró al espejo, donde podía ver como Trent dibujaba una expresión de incertidumbre en su calculador rostro. Aunque ahora no le parecía tan calculador.

-No te acostumbres a mí.

-¿Cómo?

-Que no te acostumbres a mí. Ni a mi risa, ni a mi hiperactividad matutina, ni a mis sonrisas en esos momentos, ni a mis besos, ni a mi olor. Ni te acostumbres a como te miro o te dejo de mirar, no te acostumbres a mi rostro cuando te ries de mí. No te acostumbres a como me enfado cuando dices algo que no me gusta, ni como suspiro cuando me pides perdón. Ni te acostumbres a mis lagrimas, ni a mi rabia, ni a reirte de las cosas que digo. No te acostumbres a mí...en serio.

Aquellas últimas palabras sonaron como un suspiro. Su garganta se cerraba más y más con cada movimiento de labios de Trent, que miraba al espejo incredulo. April Long estaba a punto de darse la vuelta y volver a caer en sus brazos, pidiendole perdón. Tuvo que ganar fuerzas de su alrededor para no hacerlo. Los billetes de avión fueron lo primero que se dibujaron en su mente, después de que el rostro de su abuelo apareciera ante sus ojos ahora cerrados.

-¿Y eso a qué viene?-preguntó frunciendo los labios.

-A nada, simplemente, algún día, quizás mañana, pasado o dentro de algún tiempo, me cansaré, me iré y echarás de menos aquellas cosas a las que te acostumbrastes...y ahí te darás cuenta de que no voy a volver.

-¿Eso es todo?-preguntó Garan con voz ronca, enfadado. Quizás fuera la primera vez que le utilizaban. Por lo menos April estaba segura de que era la primera vez que le utilizaban falsamente.

La rubia asintió, apartando la mirada del espejo, porque no podía mantenersela directamente, pero tampoco a partir de esa superficie reflectante.

Trent Garan se levantó de la cama, se vistió con su camisa, sus pantalones chinos y su corbata de seda. Los zapatos fueron la última cosa que encontró debajo de la cama. Durante todo ese tiempo, April se mantuvo en silencio, mirando a la pared, cubierta simplemente por su ropa interior.

La puerta se cerró y la rubia se derrumbó.

Todo lo que había dicho a Trent, a pesar de no ser lo que sentía, podría haber sido cierto. Era cierto, porque April Long, sin quererlo, se había acostumbrado al ególatra y creido Trent Garan.